sábado, 27 de diciembre de 2008

LOS GRANADEROS QUE DEFENDIERON AL PRESIDENTE JUAN DOMINGO PERON

La historia del escuadrón que defendió la Casa Rosada el 16 de junio del ’55. Eran conscriptos y tenían la misión de custodiar al presidente. Los bombardeos contra la Plaza de Mayo mataron a 364 personas, entre ellas a 11 de sus camaradas.
De la gran cantidad de e-mails que llegaron al Correo de Lectores de Veintitrés, uno desafiaba: “El 16 de junio se cumplen 53 años del ataque y bombardeo a la Casa de Gobierno. Han pasado gobiernos militares, radicales, peronistas y nadie se acordó de los granaderos reservistas que defendimos ese ataque. Hemos perdido 11 camaradas en el bombardeo a la Casa Rosada. Me gustaría, si fuera posible, que hicieran algún comentario. Quedo a sus órdenes. Granadero Reservista Miguel Cernada. Junín, Buenos Aires”. La trágica historia sobre el feroz ataque de tropas golpistas a la población civil de Buenos Aires, que ocasionó la muerte de 364 personas, en su mayoría civiles, y más de mil heridos, siempre osciló entre el ocultamiento y su revelación, de acuerdo el mayor o menor apego por la verdad histórica del poder de turno. Pero no siempre se le dio la importancia que merece a contar cómo un grupo de Granaderos a Caballo, ese cuerpo del ejército creado por José de San Martín cuya misión es escoltar y garantizar la seguridad del presidente, defendió con las armas y con sus vidas el orden constitucional y la democracia. Un hecho que realza a un sector de las Fuerzas Armadas. Fuerzas que, en su historia, se caracterizaron justamente por todo lo contrario: golpes de Estado, amenazas a la institucionalidad, por el genocidio de su dictadura. El e-mail llegado desde el Buenos Aires profundo planteaba, además, la oportunidad de otorgarles la palabra a los protagonistas de esos sucesos, un deber que la sociedad tenía pendiente. Un equipo de esta revista se puso en contacto con Miguel Cernada, quien ayudó a ubicar a algunos de sus compañeros de “la gloriosa clase del ’34 de los Granaderos”, como se denominan, para reconstruir una parte olvidada de la historia a través de un relato colectivo.El 16 de junio de 1955 amaneció con un aire enrarecido. El pronóstico anunciaba frío y humedad, pero no sólo el clima estorbaba la respiración de los argentinos. La sociedad se encontraba en un pico de enfrentamiento como pocas veces antes. El gobierno de Juan Domingo Perón era asediado por amenazas y protestas impulsadas por los sectores más privilegiados de la sociedad, hartos de casi una década en la que la clase trabajadora se había excedido en sus privilegios: vacaciones pagas, comisiones internas que ponían coto a los abusos patronales, obras sociales, aguinaldos, participación en el producto bruto interno superior al cincuenta por ciento. También es cierto que el gobierno peronista, que había asumido su segundo mandato con el 62 por ciento de los votos tres años antes, perseguía a la oposición con dureza y estaba enfrascado en un enfrentamiento con la entonces poderosa Iglesia Católica. El 11 de junio, una procesión por la celebración de Corpus Christi se convirtió en una multitudinaria manifestación opositora que reunió a 250 mil personas y culminó en la Plaza del Congreso, con el arrío de la bandera argentina y el izamiento de una amarilla y blanca, colores de la insignia vaticana. El enfrentamiento era inminente.“No hacíamos guardia nocturna en el escuadrón”, recuerda Diego Ignacio Bermúdez, uno de aquellos granaderos que había llegado al Regimiento de Palermo desde San Miguel del Monte para cumplir con la conscripción. “Pero el 15 de junio por la noche un oficial del regimiento nos ordenó hacer guardia, con el proyectil en la recámara, sin seguro y a la orden de tirar, hacerlo sin preguntar quién va”. Los colimbas percibían esa atmósfera espesa, incómoda, aunque no contaban con mayores precisiones. También percibían cierto ánimo conspirativo en algunos oficiales. “Cumplía servicios como mozo en el Casino de Oficiales. Queriendo y sin querer escuchaba sus conversaciones y reflexiones”, relata Héctor Javier Sosa, oriundo de Tucumán. “Si servir un vino podía llevar un minuto, yo tardaba tres y así me enteraba de lo que pensaban los oficiales. Días antes del 16 escuché a dos superiores calificar la situación como ‘favorable’ y porque al régimen, como llamaban al gobierno de Perón, no le quedaba mucho tiempo.”Sin embargo la mayoría del cuerpo de Granaderos se consideraba peronista. Robledo estima: “Cuando vence el golpe de Estado, sólo queda en el escuadrón un teniente primero; los demás oficiales fueron trasladados por estar muy compenetrados con esa ideología”. Rubén Sosa, tucumano, asegura: “Perón nos había conmovido a todos. Yo había trabajado en la cosecha de caña y en un ingenio azucarero. Perón nos había dado derechos, ¿cómo no íbamos a ser peronistas?”. Bermúdez admite que nunca fue peronista, pero reconoce que “ese 16 de junio, cuando pidieron diez voluntarios para defender la Casa de Gobierno, levanté la mano”.En esa jornada, una escuadra compuesta por treinta y cuatro aviones de la Marina de Guerra despegó de la base de Punta Indio y se dirigió hacia el centro porteño. Muchos aviones tenían pintada la leyenda “Cristo vence” o una cruz cristiana superpuesta a una “V” peronista. Tropas del Batallón de Infantería de Marina y grupos civiles armados, comandados por el vicealmirante Benjamín Gargiulo, se disponían a marchar desde la Dársena Norte del puerto de Buenos Aires para ocupar la Casa Rosada. El plan para deponer al gobierno había comenzado. Los conspiradores preveían derrocar a Perón e instalar una junta cívico militar a la que se integrarían radicales, conservadores y socialistas. El servicio de inteligencia alertó al presidente sobre las operaciones y Perón se trasladó al edificio del Ministerio de Guerra. Se organizaba la resistencia.A las 12.40 cayeron las primeras bombas sobre la Casa de Gobierno y la Plaza de Mayo, en la que una multitud esperaba un desfile aéreo en desagravio a la bandera argentina por los sucesos de Plaza Congreso. Uno de los primeros objetivos de las bombas fue un trolebús en el que murieron 58 de sus 60 pasajeros, la mayoría niños de jardín de infantes. Otras cayeron sobre hileras de autos estacionadas sobre Hipólito Yrigoyen. Había comenzado la masacre.Desde el regimiento de Palermo partieron las primeras tropas leales a Perón. “Yo iba en el primer micro –rememora Robledo–. No sabíamos qué estaba pasando, pero cuando llegamos a la calle Corrientes la gente nos vitoreó porque íbamos a defender la Casa de Gobierno. Cuando llegamos a la plaza empezamos a ver los cadáveres en la calle, los autos destrozados, el trole destruido”, señala y cierra los ojos, como si la imagen lo volviera a impactar, igual que aquel día.“Yo pertenecía a la sección de armas pesadas. Los voluntarios debíamos tripular orugas y tanques y dirigirnos hacia el lugar de los bombardeos. Empezamos a marchar”, cuenta Bermúdez. Cernada relata que “la noche del 15 la pasamos en la Casa Rosada, pernoctamos en un subsuelo, preparados por cualquier eventualidad. El momento llegó cuando escuchamos los estruendos de las bombas. ‘A las armas’, dijeron y todo comenzó”. Retoma Robledo: “Cuando llegamos a la explanada de la Casa de Gobierno por Rivadavia, nos recibió un tableteo de ametralladoras. Uno de los primeros tiros mató al chofer del micro, que se llamaba Inchausti: le pegaron un tiro preciso en la cabeza y murió instantáneamente. El micro seguía andando y Horacio Enran, que ahora vive en La Pampa, se arrastró y apagó el motor. Le pegaron tres tiros en el hombro y en el brazo. Varios oficiales y soldados saltaron del micro y se parapetaron en la Rosada, pero muchos no pudimos salir. Desde el Ministerio de Marina seguían ametrallando a diestra y siniestra. Estábamos rodeados de trolebuses incendiados, se escuchaban gritos, había gente que corría. Parecía que estábamos en medio de un terremoto. Por el lado de Paseo Colón se acercaban marinos y civiles, con brazaletes blancos y amarillos, a los tiros. Ahí saqué una 45 que llevaba y empecé a tirar. Les grité a los otros muchachos: ‘Rajemos que acá nos matan a todos’. Corrí hacia la puerta de la custodia presidencial, intenté abrirla pero no pude. Recordé películas de esa época y pensé: ‘Hago saltar la cerradura de un balazo’, pero también pensé que mis compañeros podían estar protegiendo la puerta y podía herirlos, o ellos herirme a mí creyendo que era la Marina. Golpeé con la culata de mi pistola y grité que abrieran. En ese instante comenzaron los tiros de las metralletas y las balas pegaban un metro arriba de mi cabeza, sentía caer el polvo de la pared sobre mi pelo. Grité: ‘¡Abran que soy Robledo del tercer escuadrón!’. Me abrió un sargento que me conocía. Entré. No me había equivocado. Había veinte soldados con revólveres, escopetas y ametralladoras defendiendo esa entrada. La misión era proteger la Casa de Gobierno. Si hubiera tirado, me habrían ametrallado”. –¿Lo siguieron sus compañeros?–Entré solo, pero alcancé a ver a uno, Casablanca, escondido detrás de una rueda del micro. Cuando vio que me abrían salió corriendo hacia el portón, pero una ráfaga de metralla lo barrió. Cayó. Estaba lejos mío, parecía muy mal herido –Robledo hace una pausa, toma aire, continúa–. Intenté ir a ayudarlo, pero el sargento me dijo: ‘¡No!, ¿no ves que se está muriendo?’, y me tiró para adentro. Fue una sensación muy rara tener que cerrar el portón con Casablanca afuera. Las lágrimas le quiebran la voz. Bermúdez continúa el relato: “Entramos a la zona con las orugas, dimos la vuelta por el frente de la Casa de Gobierno y tuvimos el primer tiroteo contra los francotiradores apostados en el Ministerio de Asuntos Técnicos. Después avanzamos hasta Paseo Colón y enfrentamos a la infantería de marina, haciéndolos retroceder hasta el ministerio. Después llegaron más tanques y los marinos sacaron la bandera blanca. En ese momento apareció la gente que había llamado De Petri, el dirigente de la CGT, y nos pidió armamento para defender a Perón, no lo hicimos pero igual permanecieron detrás de las orugas. En ese momento vimos que venían cinco aviones del lado de La Boca, pensamos que se había terminado todo, que los insurgentes habían perdido el dominio del aire. Pero empezaron a barrer nuestros camiones y a la gente, tiraban con ametralladoras y lanzaban bombas”.El plan golpista había fracasado. Ningún otro regimiento, como esperaban los conspiradores, se había unido al alzamiento. La artillería antiaérea había derribado algunos aviones. Los cabecillas sediciosos decidieron escapar hacia el Uruguay, que había aceptado darles asilo bajo la condición de que llegaran sin armas. En el comité de recepción montevideano los esperarían Carlos Suárez Mason, futuro torturador de la dictadura videlista, y el socialista Américo Ghioldi.Robledo continúa el relato: “En lugar de tirar las bombas al río, volvieron a descargarlas en la plaza. Mataban con saña. Yo estaba en una barricada que reemplazaba a una puerta destrozada sobre la calle Yrigoyen. Les disparaban a pobres obreros que iban a defender al general. La gente corría hacia el subterráneo, uno entró, dio un paso y, de pronto, se quedó quieto. Se arqueó para atrás, rebotó contra una pared y comenzó a rodar por las escaleras. La balacera lo había liquidado”.Bermúdez describe: “Desde el oruga pude ver escenas espantosas. Un hombre tenía el torso de un lado y las piernas del otro, desprendidas, cortadas. Un rato después se pudo tomar el Ministerio de Marina y los líderes se entregaron”. Robledo revive: “Cuando hubo calma, salí de inspección con un sargento. Vi un torso desprendido, y dentro del trolebús, los sesos de las víctimas pegados en el techo. Son imágenes que no puedo olvidar”, dice con bronca.El bombardeo de Buenos Aires había finalizado, dejando un tendal de horror y muerte como no volvió a vivir la geografía argentina. Nunca antes en la historia mundial un ejército bombardeó su propia capital e hizo de la población civil el objetivo de sus ataques. Fue la jornada más violenta de la Argentina contemporánea, la más vergonzosa. En medio del espanto, la imagen de los obreros pidiendo armas para defender a su líder y la resistencia armada de un grupo de granaderos, de colimbas, defendiendo el orden constitucional son un remanso que alivia, un poco al menos, la conciencia de la historia argentina. Esos conscriptos velaron con honores a once de sus compañeros, aunque la versión oficial sólo verificó los nombres de nueve: José Baigorria, Laudino Córdoba, Mario Díaz, Orlando Mocca, Pedro Paz, Ramón Cárdenas, Oscar Drasich, Rafael Inchausti y Víctor Navarro. Los granaderos, reunidos después de 53 años para hablar por primera vez con la prensa, no pueden evitar las lágrimas al recordar a sus compañeros caídos. “No pido demasiado –protesta Cernada–, pero creo que quienes dieron su vida defendiendo la democracia merecen, por lo menos, una mención de la Presidenta.” Y no sólo de la Presidenta. Es una deuda que la sociedad aún tiene pendiente. Esta sociedad que hoy amenaza con dividirse por el mismo odio irracional de entonces. Es hora de escuchar a las víctimas. Ellas son el antídoto a la sinrazón.

Escribe Diego Rojas
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